El Fin del Negocio Sacrílego

 

El 27 de abril de 2026, Bovillus, Tritemio y Enrique Cornelio Agripa se hallaban inmersos en el corazón de un taller clandestino, rodeados por la fuente y el fundamento de un negocio sacrílego que pretendía someter los elementos. Allí, entre sombras y el crujir de pergaminos como la Steganographia, Tritemio intentaba defender su impiedad ante el recuerdo del emperador Maximiliano, mientras se jactaban en secreto de poseer una fuerza invencible capaz de alterar los astros y obligar a las divinidades a obedecerles. Se reían de los ignorantes, envueltos en la vanidad de sus ritos, operando con el Arte Almadel, el Arte Notoria, el Arte Bulafia, el Arte de Artefio, el Arte Paulina y el de las Revelaciones, creyendo que sus esfuerzos inmensos producían milagros, cuando solo eran ilusiones demoníacas nacidas de la incredulidad humana.

Pero el ambiente se tornó gélido cuando un cristiano cruzó el umbral del lugar, portando una autoridad que no procedía de figuras ni de nombres de espíritus. Al ver la blasfemia de aquellos monstruos de impiedad extendidos sobre las mesas, el hombre cerró los ojos y, con una voz que pareció sacudir los cimientos del taller, invocó con un fervor inquebrantable la presencia del Espíritu Santo.

En ese preciso instante, un resplandor blanco y violento brotó del centro de la estancia; no era un fuego terrenal, sino una llama purificadora y celestial que saltó directamente sobre las páginas del Arte de las Revelaciones y el Arte Bulafia. Los presentes observaron con horror cómo los nombres de los demonios que Agripa había copiado en secreto se retorcían y desaparecían bajo el calor divino, mientras las cubiertas de cuero de los libros se deshacían como si nunca hubieran existido. El mago Al-Razi intentó desesperadamente salvar sus fórmulas de dominio, pero sus manos solo atraparon ceniza caliente y aire vacío; la fuerza del Espíritu Santo sopló con tal ímpetu que hasta el último rastro de aquel negocio sacrílego fue borrado del mundo en segundos. Todos los allí presentes, desde los maestros hasta los aprendices, se quedaron mudos y absolutamente sorprendidos, temblando al comprender que toda su supuesta omnipotencia no era más que humo frente al verdadero y arrollador poder de Dio

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