recibió poder contra los demonios y el don de sanar

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Horo era padre de muchos monasterios. Tenía noventa años, larga barba blanca y un rostro lleno de alegría que hacía pensar en una dignidad casi angélica. Durante mucho tiempo vivió en lo profundo del desierto, ejercitándose en grandes abstinencias, alimentándose de hierbas y raíces, bebiendo agua cuando la encontraba y dedicando el día y la noche a oraciones e himnos.

Después se estableció cerca de una ciudad y fundó un monasterio. Con sus propias manos plantó un bosque de diversos árboles donde antes no había ninguno, para que los hermanos no tuvieran que alejarse a buscar leña. Así mostraba cuidado por lo necesario para el cuerpo y, sobre todo, por la salvación y la fe de los que vivían con él.

Cuando llegó a edad madura, se le apareció un ángel de Dios en el desierto y le dijo:

—Serás padre de un gran pueblo, y muchos hombres creerán por medio de ti. A cuantos conviertas en esta vida para la salvación, sobre tantos recibirás autoridad en la vida futura. No temas, porque nunca te faltará nada de lo que el cuerpo necesita, siempre que lo pidas a Dios.

Después de esto se acercó a lugares más habitados. Al principio vivió solo en una pequeña choza que él mismo construyó, alimentándose de verduras y practicando frecuentes ayunos. Aunque antes no sabía leer, Dios le concedió la gracia del conocimiento de las letras, y cuando los hermanos le presentaron un libro comenzó a leer como si siempre lo hubiera sabido. También recibió poder contra los demonios y el don de sanar, por lo que muchos acudían a él, y numerosos monjes se reunieron a su alrededor.

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