Un día, por la misericordia de Dios, su corazón se conmovió y decidió hacer penitencia. Entonces se encerró dentro de un sepulcro y allí comenzó a lavar las manchas de sus pecados pasados con abundantes lágrimas. Día y noche permanecía postrado rostro en tierra. No se atrevía ni siquiera a levantar los ojos hacia el cielo, ni a pronunciar palabra alguna, ni a decir el nombre de Dios. Perseveraba únicamente entre gemidos y llantos.
Como si estuviera enterrado en vida, desde lo profundo de su corazón salían lamentos semejantes a los de quien ya se encuentra en el infierno.
Después de una semana en aquel estado, durante la noche vinieron demonios al sepulcro y le gritaron:
—¿Qué es esto que haces, hombre impuro y lleno de crímenes? Después de haberte saciado de toda suciedad y corrupción, ¿quieres ahora vivir castamente y hacerte religioso? Después de haber envejecido en tus pecados, cuando ya no tienes fuerzas para cometerlos, ¿quieres ahora parecer cristiano, modesto y penitente?
—Ya no hay para ti otro lugar que aquel que te corresponde con nosotros. Eres uno de los nuestros y no puedes ser otra cosa. Vuelve con nosotros y no pierdas el tiempo que te queda en estos sufrimientos inútiles. Nosotros te prepararemos abundantes placeres. Te daremos mujeres hermosas y todo aquello que pueda devolverte los deleites de tu juventud.
—¿Por qué te atormentas con estos sufrimientos vanos? ¿Por qué te castigas antes de tiempo? En el infierno no padecerás otra cosa que lo que ahora te impones a ti mismo. Si te agrada el castigo, espera un poco y lo recibirás preparado para ti. Entre tanto, disfruta de nuestros dones, que siempre has considerado dulces y agradables.
Mientras los demonios decían estas cosas y otras muchas semejantes, el hombre permanecía inmóvil. Ni siquiera volvía el oído hacia ellos, ni respondía palabra alguna.
Como repetían muchas veces lo mismo y añadían palabras cada vez más duras, viendo que no conseguían moverlo, los demonios se llenaron de furia. Entonces lo golpearon con violencia y lo atormentaron con muchos tormentos, dejándolo medio muerto.
A pesar de tantos sufrimientos, no se movió del lugar donde se había tendido para orar.
Al día siguiente, algunos conocidos suyos fueron a buscarlo por simple preocupación humana. Lo encontraron cubierto de heridas y terriblemente maltratado. Cuando supieron lo que había ocurrido, le rogaron que permitiera llevarlo a su casa para curarlo.
Él se negó y decidió permanecer allí.
La noche siguiente regresaron los demonios y lo atormentaron con golpes todavía más crueles. Sin embargo, tampoco entonces quiso moverse de aquel lugar. Decía que era mejor morir que volver a obedecer a los demonios.
En la tercera noche se reunió una gran multitud de demonios y, sin ninguna compasión, se lanzaron contra él con toda clase de tormentos. Su cuerpo ya estaba casi destruido por los castigos, aunque su espíritu seguía resistiendo la autoridad de los demonios.
Cuando los espíritus impíos comprendieron esto, gritaron con gran clamor:
—Nos has vencido, nos has vencido.
Y, como expulsados por una fuerza venida del cielo, huyeron precipitadamente y no volvieron a molestarlo jamás.
Desde entonces aquel hombre progresó tanto en la virtud, se volvió tan admirable en su conducta y fue colmado con tal abundancia de la gracia divina, que toda aquella región lo miraba como si hubiera descendido del cielo. Muchos creían que era uno de los ángeles.
Todos decían a una sola voz:
—Esta es la obra de la diestra del Altísimo.
Por su ejemplo, muchos que habían perdido la esperanza de salvarse volvieron a confiar en la penitencia. Aquellos que antes desesperaban de corregir su vida comenzaron a buscar su conversión. Incluso algunos que ya estaban hundidos en los pecados más graves se levantaron de nuevo y fueron restaurados en la virtud.
La transformación de aquel hombre hizo que todos comprendieran que ninguna conversión es imposible.
En él no sólo floreció la reforma de las costumbres y la práctica de las virtudes, también recibió abundantes dones de la gracia divina. Los prodigios que realizó manifestaban cuánto favor tenía ante Dios.
Así la humildad y la conversión producen toda clase de bienes; mientras que la soberbia y la desesperación conducen a la ruina y a la muerte.

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