Salve, bendito de Dios Altísimo

 

Se cuenta que en la tierra de Heliópolis, en Egipto, vivía un príncipe que servía como consejero del faraón. Tenía una hija llamada Aseneth, cuya hermosura superaba a la de todas las jóvenes, y cuya pureza era aún mayor que su belleza. Su corazón era noble, y por ello despreciaba la compañía de los hombres, sin permitir que ninguno la viera.

Habitaba en una torre elevada, unida a la casa de su padre, magnífica en su construcción y dividida en diez estancias. La primera estaba dedicada a los dioses de Egipto, adornada con piedras preciosas, con muros revestidos de materiales valiosos y techo de oro, donde cada día ofrecía sacrificios.

En otras salas se guardaban tesoros y adornos de incalculable valor. En los niveles más altos moraban siete jóvenes vírgenes de gran belleza, que servían continuamente a Aseneth. Ningún varón tenía acceso a aquel lugar, pues todos eran mantenidos lejos de la torre.

En su estancia principal había tres ventanas orientadas al sur, al oriente y al norte. Allí reposaba su lecho, cubierto de telas púrpuras tejidas con oro, donde dormía sin que jamás hombre alguno la hubiese tocado. Alrededor de la torre se extendía un patio noble y un jardín de extraordinaria hermosura, lleno de árboles diversos y frutos abundantes. Una fuente clara brotaba en medio de aquel lugar, y el canto de las aves superaba en dulzura cualquier música.

Sucedió entonces que José, gobernador de Egipto, decidió visitar la casa de aquel príncipe. Al saberlo, el padre de Aseneth se llenó de alegría y pensó en ofrecerle a su hija como esposa.

Mas cuando ella escuchó tal propuesta, se indignó y declaró que no tomaría por esposo a un cautivo, sino a un rey o al hijo de un rey.

Mientras esto ocurría, José llegó a la casa del príncipe. Aseneth subió a lo alto de la torre y, asomándose por la ventana, lo vio acercarse. Y al contemplarlo, quedó sobrecogida, pues era hermoso por encima de todos los hombres, y venía montado en el carro del faraón, tirado por caballos blancos con frenos de oro. Vestía túnica resplandeciente, manto púrpura tejido con oro y llevaba una corona adornada con piedras preciosas.

El príncipe y su esposa salieron a recibirlo con reverencia, y al entrar en la casa, las puertas fueron cerradas.

Aseneth, al verlo, quedó turbada en su interior y dijo para sí que aquel hombre parecía como venido del cielo. No comprendía quién era, ni cómo podía existir tal hermosura en un hombre.

Cuando José preguntó quién era aquella joven que había visto en lo alto, el príncipe respondió: “Es mi hija, virgen purísima, que nunca ha visto a hombre alguno”.

Entonces se dispuso que ella descendiera para saludarlo. Al presentarse ante él, su padre le dijo: “Saluda a tu hermano, que aborrece a las mujeres como tú aborreces a los hombres”.

Aseneth se inclinó y dijo: “Salve, bendito de Dios Altísimo”. Y José respondió: “Que Dios te bendiga, el que da vida a todas las cosas”.

El príncipe pidió entonces a su hija que besara a José. Pero cuando ella se acercó, él puso su mano sobre su pecho y dijo: “No conviene que un hombre que sirve al Dios verdadero bese a una mujer extranjera que adora ídolos mudos”.

Al oír esto, Aseneth quedó profundamente herida y comenzó a llorar. Entonces José, movido a compasión, puso su mano sobre la cabeza de ella y la bendijo.

La joven subió de nuevo a su estancia, y desde ese momento comenzó a arrepentirse de haber honrado a los ídolos. Se postró sobre su lecho y lloró amargamente, decidida a apartarse de aquellas prácticas y a buscar al Dios verdadero.

Y así, en su soledad, comenzó el cambio de su vida.

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