¿Alguna vez te has preguntado qué poder tiene la oración constante? Esta historia lo demuestra de manera impresionante.
Cuando Juliano el Apóstata planeaba su expedición a Persia, envió un demonio a Occidente para que le trajera información secreta. Pero el demonio jamás imaginó lo que le esperaba.
Al llegar cerca de la celda del monje Publio, intentó avanzar, pero algo invisible lo detuvo. "¿Qué es esto? ¿Por qué no puedo pasar?", murmuró, desconcertado. Día tras día intentaba encontrar un momento de debilidad, pero Publio no dejaba de orar ni un instante.
—¡Ni de día ni de noche se detiene! —se quejó el demonio ante su maestro—. Intento pasar, pero algo me lo impide.
Lo que el demonio no entendía era que cada palabra de oración del monje despertaba a los ángeles protectores. Eran ellos quienes lo detenían, formando un escudo invisible que impedía que cumpliera su misión.
Durante diez largos días, el demonio permaneció bloqueado, hasta que finalmente regresó con las manos vacías ante Juliano.
—¿Por qué has tardado tanto? —le exigió Juliano con furia—.
—He esperado que el monje Publio dejara de orar, pero no lo hizo —respondió el demonio—. Los ángeles enviados por su oración me impedían pasar. No pude cumplir mi misión.
La ira de Juliano fue terrible: "A mi regreso me vengaré de ese monje…". Pero pocos días después, por providencia divina, falleció.
Uno de sus generales, conmovido por los acontecimientos, fue a ver al anciano Publio. "He visto el poder de tu fe, maestro. Quiero aprender de ti", confesó. Y así, vendió todos sus bienes, repartió sus riquezas entre los pobres y se convirtió en discípulo de Publio, alcanzando gran fama como monje hasta el final de su vida.
Esta historia nos recuerda que la oración constante no solo protege, sino que convoca a los ángeles para defendernos, y que la fe verdadera puede detener incluso a los poderes más poderosos.

Comentarios
Publicar un comentario