El joven se encontraba en su habitación, con el corazón abatido y pensamientos de quitarse la vida. En ese momento, en medio de su silencio interior, Jesucristo se le apareció.
Jesús le dijo:
—Yo soy Jesucristo. Te he visto en tu dolor y en tu soledad. No estás fuera de mi mirada.
Y el joven percibió cómo el Señor continuaba hablándole con firmeza y compasión:
—Después de mi entrega en la cruz, llegaron María Magdalena y las otras mujeres santas. También innumerables ángeles, tantos como los átomos del sol, se reunieron mostrando fidelidad al Creador. Y en ese momento se manifestó el misterio del dolor unido al amor.
—Nadie comprende plenamente la pena que se vivía. Era como el instante de una madre después del parto, cuando el cuerpo entero aún tiembla por lo vivido. El sufrimiento es grande, pero en lo profundo del alma existe alivio, porque la vida que ha llegado no vuelve atrás a lo que fue dolor.
—De la misma forma, aunque la pena por mi muerte fue inmensa, en ese misterio se mezclaba el consuelo, porque yo no permanecería en la muerte, sino que viviría y triunfaría para siempre.
—Así también el dolor y el gozo se unían en aquel momento. Podía decirse que en el lugar donde fui sepultado, el corazón permanecía dividido entre el sufrimiento y la esperanza. Como está escrito: donde está el tesoro, allí permanece el corazón. Por eso, mi corazón permanecía junto al sepulcro.
El joven escuchaba sin poder moverse, mientras las palabras lo envolvían por completo. Jesús continuó:
—Te mostraré esto por medio de una imagen. Es como una joven prometida en matrimonio que escucha a dos voces delante de ella. Una voz le advierte: no confíes, ese camino es duro, sus frutos son lentos, sus dones parecen escasos. La otra voz le promete alivio inmediato, regalos abundantes y un camino sin espera.
—Así también el corazón humano se ve dividido cuando escucha distintas promesas, pero solo una conduce a la verdad y a la vida plena.
El joven sintió que aquellas palabras entraban en su interior como una llamada firme que lo sostenía. Su angustia comenzó a perder fuerza.
Con lágrimas, respondió en silencio dentro de su alma, reconociendo la presencia que lo sostenía, y finalmente se rindió a ese consuelo. Su cuerpo se aquietó y entró en un descanso profundo, como quien ha sido librado de un peso que no podía soportar.

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