En las tierras del norte habitaba Hollerus, un mago de fama temible y artes oscuras. Su poder nacía de supersticiones antiguas y engaños que el pueblo curioso veneraba como divinos. Era tal su dominio sobre lo oculto que consagraba huesos de animales con conjuros terribles, convirtiéndolos en naves capaces de surcar los mares. Con la rapidez de los vientos, Hollerus superaba cualquier obstáculo líquido, deslizándose sobre las olas con una arrogancia que desafiaba a los mismos dioses.
El Encuentro en la Orilla
Cierto día, mientras Hollerus preparaba sus artes para una nueva travesía, una mujer se aproximó a sus dominios. Ella caminaba con la serenidad de quien vive en una consagración perpetua a la Virgen María. Al ver al mago, ella solicitó cruzar las aguas, confiando en que cualquier medio servía a los planes del Cielo.
Hollerus inició sus rituales habituales. Invocó las sombras y golpeó el hueso consagrado, esperando que la madera y el mar obedecieran su voluntad. Sin embargo, algo inédito ocurrió: sus manos temblaron y el hueso permaneció inerte en la arena.
El Resplandor de la Consagrada
El mago, lleno de desconcierto, observó fijamente a la mujer. Su mirada, acostumbrada a la oscuridad de los conjuros, se vio cegada por una claridad sobrenatural que emanaba de ella. Hollerus retrocedió, cubriéndose los ojos ante aquella presencia.
"Mujer, es imposible para mí trabajar en tu presencia. Llevas contigo una luz demasiado inmensa, un resplandor que anula mis artes y disipa mis sombras. Esa devoción que guardas a la Reina del Cielo es un escudo absoluto."
El Poder de la Reina
Hollerus comprendió en ese instante que sus artes mágicas eran sombras frente al sol de la Gracia. La consagración de la mujer a la Virgen María creaba un círculo de protección divina que el engaño del mago era incapaz de penetrar. Aquella luz, proveniente de la Madre de Dios, demostró que la verdadera soberanía reside en la pureza del alma y no en los conjuros de los hombres curiosos.
Finalmente, el mago aceptó su derrota ante la majestad de lo sagrado, mientras la mujer continuó su camino, escoltada por la misma luz que había silenciado al brujo.
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