Un hombre vivía en un viejo molino, apartado del resto de la aldea, donde el sonido del agua y el crujir de la madera marcaban el paso de los días. Cada vez que salía al exterior, una bandada de cuervos descendía con furia sobre él, atacándole el rostro con insistencia, como si buscaran arrancarle los ojos. Aquella persecución constante lo mantenía en un estado de temor continuo, sin comprender el motivo de tal hostigamiento.
Con el paso del tiempo, el miedo lo llevó a recordar lo que su propia madre le reveló en su infancia. Ella, en un momento de desesperación y abandono espiritual, lo entregó a un pacto de brujería, ofreciéndolo a fuerzas infernales a cambio de protección y prosperidad. Desde entonces, el destino del hombre quedó marcado, y aquellas aves negras se convirtieron en ejecutoras de aquella antigua entrega, regresando siempre para reclamar lo que consideraban suyo.
Agotado y sin esperanza, buscó ayuda en un fraile predicador que recorría la región. Ante él confesó con detalle toda su vida, sin omitir la decisión de su madre ni los hechos que lo habían perseguido desde joven. El fraile escuchó con atención, lo exhortó al arrepentimiento sincero y lo condujo a una profunda reconciliación con Dios mediante la confesión y la penitencia.
Tras aquel acto, el cambio fue inmediato. Los cuervos dejaron de aparecer en los alrededores del molino. El hombre pudo salir nuevamente sin ser atacado, y con el tiempo ya no volvió a experimentar aquella persecución. La tranquilidad regresó a su vida, y el molino dejó de ser escenario de aquel tormento que lo acompañó durante tantos años.
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