Jesús se apareció a un mendigo que agonizaba en el bosque y le dijo: «Yo soy Jesús



Jesús se apareció a un mendigo que agonizaba en el bosque y le dijo: «Yo soy Jesús».

Yo te hablo para que escuches mi palabra, para que reconozcas mi voz y para que tu alma vuelva hacia mí. Yo guío a los hombres para que oigan la verdad, para que sientan mi llamada y para que no caminen hacia el peligro sin advertencia. En mí están la misericordia y la justicia, y mi justicia no está separada de mi misericordia. Yo advierto al pecador porque lo amo y porque deseo su regreso.

Te digo: regresa a mí. Te diriges hacia un camino lleno de tropiezos que no ves por el estado de tu interior. Muchos rechazan lo que les digo y siguen su propio deseo, pero yo sigo llamando.

Nadie es obligado a volver a mí. Aunque se te insista desde fuera, solo cuando tu voluntad se incline hacia el bien puedes acercarte a mí de verdad. Pero si tu corazón se vuelve hacia mí con decisión, nada puede retenerte lejos de mí.

Mira la abeja y su reina. Así te enseño con una imagen. Las abejas llevan lo que encuentran, siguen a su reina y permanecen unidas en torno a ella. Cuando esto ocurre, reciben orden, dirección y fruto. Cuando se alejan de esa guía, pierden fuerza, desordenan su trabajo y dejan de dar fruto.

Así ocurre con el alma. Cuando se mantiene unida a mí, encuentra orden y vida. Cuando se aleja, pierde firmeza y se dispersa.

Yo permito que incluso lo que parece débil permanezca un tiempo, porque aún puede aportar algo, aunque no esté en su plenitud. Pero mi llamada siempre permanece: vuelve a mí con todo tu corazón.

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