La pena de la ausencia de Dios

Por estos ejemplos se puede comprender, en cierta medida, cuánto atormenta a las almas benditas la privación de la presencia divina, lo que se llama pena de daño. Movido por compasión ante su sufrimiento, procura ayudar a que se acorte ese tiempo de ausencia tan doloroso.

Quien vive en virtud y mantiene trato cercano con Dios puede entender mejor la aflicción que causan los momentos de alejamiento espiritual. Algunos santos, como San Bernardo, llegaron a considerar ese dolor casi comparable al del infierno.

Esto ayuda a imaginar cuánto sufren aquellas almas, verdaderamente enamoradas de Dios, al verse privadas de su presencia durante tanto tiempo. Ellas conocen con mayor claridad que los mortales la grandeza del bien que anhelan poseer, y sin embargo, no pueden alcanzarlo aún por las deudas de sus culpas.

Son esposas, hijas y princesas destinadas a reinar con Dios, y cada uno de estos títulos intensifica su dolor de manera inexplicable.


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