Mateo llevaba años apartado de la fe. El nombre de Jesucristo quedó relegado a un recuerdo distante. Su madre, constante, rezaba cada noche por su conversión, pronunciando su nombre con una firmeza que atravesaba el tiempo.
Aquella noche se internó en un bosque profundo. El cansancio venció su cuerpo y se recostó sobre la tierra fría. El silencio lo envolvió hasta que el sueño lo tomó.
Despertó de madrugada. Frente a él, abierta entre las rocas, apareció una cueva que parecía latir con un aliento antiguo. Se levantó y avanzó, llevado por una curiosidad difícil de contener.
Al entrar, el calor lo golpeó con fuerza. Un resplandor ardiente iluminaba un espacio inmenso. El aire estaba cargado de hedor y amargura. Lo que vio lo dejó inmóvil
Almas arrastradas entre llamas, atravesadas por fuego que no consumía, gritaban sin descanso. Demonios las sujetaban y las arrojaban a calderas hirvientes, con manos y pies atados, mientras el líquido ardiente cubría sus cuerpos. Luego, esas mismas llamas las hundían en un mar helado, un contraste que desgarraba aún más su tormento.
Otros eran obligados a beber líquidos de azufre, ajenjo y ruda, amargos y repugnantes. Criaturas semejantes a sapos y escorpiones los rodeaban, mordiéndolos sin cesar. Donde antes conocieron placer, ahora recibían podredumbre, hedor y dolor constante.
Y entonces escuchó las voces.
—Maldito el Dios que te creó —gritaban—. Maldito el padre y la madre que te engendraron. Maldito el aire que respiraste. Malditos los cuatro elementos. Malditas las criaturas que obedecieron.
Las palabras se repetían como un eco interminable, llenando todo el lugar. Mateo sintió cómo esas voces penetraban hasta lo más profundo de su mente.
De pronto, otra voz se elevó, clara, dominante sobre el caos:
—Se les muestra la gloria que perdieron, el Paraíso y sus delicias, para que su tormento crezca. Pecaron con malicia y permanecieron obstinados. Quien quiso vivir en deleite en el mundo, aquí encuentra su cena.
Mateo observó cómo las almas veían, como reflejos en su entendimiento, aquello que despreciaron. Ese recuerdo aumentaba su sufrimiento más que cualquier llama.
La voz continuó:
—Los tormentos son verdaderos. Los mayores castigos del mundo son como rosas en comparación. Eternamente permanecerán así, sin esperanza de fin.
Otra voz irrumpió, cargada de resistencia y furia:
—¡Se habla demasiado de misericordia para los pecadores!
La primera respondió con firmeza:
—A los humildes se les concede gracia. Basta un reconocimiento sincero. Un solo arrepentimiento, y todo puede ser perdonado.
La segunda voz tembló, como forzada a admitirlo:
—Demasiada misericordia… demasiado grande… El pecador recibe perdón… y el infierno queda confundido.
El aire se volvió más pesado. Mateo sintió que cada palabra se grababa en su interior.
La primera voz habló de nuevo:
—Dios ha dado un alma para gobernar. Entregadle las llaves. Cerrad la puerta al vicio y las ventanas de los sentidos, y nada podrá entrar.
En ese momento, una de las figuras se volvió hacia él. Su rostro deformado parecía reconocerlo. Los gritos aumentaron. Todo comenzó a estremecerse.
—Eternamente… eternamente… —resonaba en todas partes.
Mateo retrocedió, perdió el equilibrio y cayó.
Abrió los ojos de golpe.
El bosque lo rodeaba otra vez. El frío de la madrugada contrastaba con el recuerdo del calor insoportable. La cueva ya no estaba.
Su respiración era agitada. Permaneció en silencio unos instantes, con el corazón latiendo con fuerza. Dentro de él, una certeza había tomado forma.
Muy lejos de allí, su madre seguía orando.
Mateo se puso de rodillas sobre la tierra húmeda y, por primera vez en muchos años, dirigió su pensamiento hacia Dios.

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