Muchos soberanos del mundo, de su propia voluntad, se hicieron religiosos

 

Muchos soberanos del mundo, de su propia voluntad, se hicieron religiosos. En Occidente: Clotario e Igón; en las Reales de Baraquiño; en Italia y España: Bamba, Veremundo, Alfonso y Ramiro de Aragón. En Inglaterra: Sigiberto, Elredo, Inas y Ceolulfo. En Armenia y Bulgaria: Juan, Bogaris y Trebelio. En Alemania: Carlos, quien cedió el cetro a Pepino; y en Escocia: Osualdo, quien en su muerte pedía la "Corona Eterna" por la que había dejado la terrenal, repitiendo: Domine, feci quod praecepisti, imple quod promisisti ("Señor, hice lo que mandaste, cumple lo que prometiste").

¿Qué se hicieron las diademas imperiales de Teodora, Augusta, Ricarda y Cunegunda? ¿O las de las Reales Tasia, Radegundis, Batilda, Nuña, Teresa, las dos Sanchas y las Margaritas españolas? Todas ellas, junto a muchas otras, trocaron sus coronas por el sagrado velo religioso y el palacio por la estrecha clausura del convento. No fenecieron sus coronas; ya gozan de lo que esperaron, convertidas en cercos y cintas de estrellas —mejores que las de Ariadna— que ciñen sus frentes eternamente.

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