El polvo de Judea se asentaba sobre las tiendas asirias mientras el rey Senaquerib caminaba entre sus generales con paso firme. El asedio a Jerusalén estaba completo y la arrogancia del monarca se sentía en el aire.
—¿Qué dice Ezequías desde sus muros? —preguntó el rey, ajustándose la túnica real con desprecio.
—Nada, mi señor —respondió su comandante principal—. Solo hay silencio. Saben que al amanecer sus muros caerán y no habrá rincón donde esconderse.
Senaquerib soltó una carcajada seca y miró hacia la ciudad oscura, alzando la voz para que sus palabras llegaran a las sombras.
—Su Dios es como el de todas las naciones que he aplastado: madera, piedra y humo. Mañana beberé de su tesoro y pasaré a sus hombres por la espada. Que el ejército descanse; mañana el hierro asirio no tendrá piedad de los que confían en dioses invisibles.
El rey se retiró a su tienda, dejando atrás un campamento que hervía con la confianza de los vencedores. Sin embargo, en medio de la madrugada, un frío denso y antinatural descendió sobre el valle. No hubo gritos de guerra, ni estruendo de escudos, ni choque de metales. Un peso invisible se instaló en el pecho de cada soldado, apagando sus pulmones en un instante. Los hombres en las tiendas dejaron de respirar sin siquiera despertar.
Al salir el sol, Senaquerib abrió los ojos. El silencio que lo rodeaba era absoluto, carente del bullicio habitual de un ejército preparándose para el asalto. Salió de su tienda con el ceño fruncido, esperando ver a sus oficiales.
—¡Levántense! ¡Es hora del saqueo! —gritó, pateando el cuerpo de su guardia personal que yacía frente a la entrada.
El soldado no reaccionó. Tenía la piel ceniza y los ojos fijos en la nada. El rey corrió por las filas de tiendas, encontrando lo mismo en cada rincón: ciento ochenta y cinco mil hombres yacían rígidos, transformando el campamento en un cementerio inmenso. El ejército más temido del mundo había sido aniquilado en una sola noche sin que se disparara una sola flecha.
Senaquerib, temblando de terror y rodeado por la muerte que él mismo había provocado con su desafío, dio media vuelta. Sin mirar atrás y con la soberbia rota, huyó hacia Nínive, dejando sus sueños de conquista enterrados en el silencio de Judea.

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