como si algo invisible rondara ese lugar

 

Un campesino, hombre de campo acostumbrado al ritmo firme de la tierra, relató con inquietud lo que empezó a ocurrir en su finca. Sus gallinas, fuertes el día anterior, aparecían muertas sin explicación. Sin rastro de enfermedad, sin señales de animales, sin desorden alguno. Lo más perturbador: siempre junto a la entrada, dispuestas con un cuidado extraño, como si una voluntad ajena las hubiese colocado allí durante la noche.

Cada amanecer traía la misma escena. El ambiente se volvió pesado, difícil de sostener. La casa entera lo sentía. En su interior creció la sospecha hacia un vecino con quien mantenía conflictos, aunque también surgía una sensación más profunda, difícil de nombrar, como si algo invisible rondara ese lugar.

La inquietud aumentó con los días, hasta que tomaron una decisión inspirados en la Virgen María: comenzar a rezar el Rosario cada tarde dentro de la finca. Lo hicieron con constancia, invocando protección para el terreno y para todo lo que vivía en él.

Desde el momento en que el Rosario se volvió parte diaria de la granja, el cambio fue evidente. Las noches recuperaron su calma, los amaneceres dejaron de traer escenas inquietantes, y las gallinas permanecieron sanas. El campesino asegura que, a partir de esa práctica constante, la paz regresó y aquella presencia que alteraba el lugar perdió toda influencia.

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