Era ya noche y hora de recogernos cansados a nuestras celdas, después de haber dado al Señor las últimas obras del día, cuando llamaron a la puerta del convento con gran furia, dando voces para que saliéramos a remediar un alma, para que no pereciera.
Salimos aprisa ante aquella necesidad y vimos echado junto a los umbrales a un joven bien parecido y ricamente vestido, atravesado por una estocada que acababan de darle en una riña nacida de celos. Y una mano negra con ganas salía de la parte de atrás de su sombrero, que le impedía llamar a Dios, en ese instante empezamos a decirle que dijera en su mente que se arrepentía de sus pecados, pero era tarde, cuando rezamos la mano con la garra ya desapareció pero dio los últimos suspiros, dejándonos a todos llenos de tristeza por su desastrado final y miserable suerte.
No es este el único a quien le sucedieron desgracias semejantes por seguir desenfrenadamente este vicio. Estos son los tristes salarios y la desdichada paga que reciben quienes más fielmente le sirven. Tales son también los amargos frutos con que terminan ordinariamente los deleites sensuales, en lugar de aquella falsa y breve suavidad que al principio representan y que tan pronto desaparece.

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